Mi abuela, otra vez.

Así era mi abuela, no físicamente, sino con ese carácter arrebatado y de lágrima fácil.

Así era mi abuela, no físicamente, sino con ese carácter arrebatado y de lágrima fácil.

Ayer vi a mi abuela. La vi como siempre, como siempre desde hace un par de años, perdida en sus recuerdos. Me quedé pensando en ella, en su ausencia. Me reconoce, me saluda, sin embargo, esa no es mi abuela. Es  una niña voluntariosa y mal educada. Tal vez, lo voluntariosa sea lo único que conserva de su carácter mi abuela. Su mirada no es la misma desde luego, me ve sin verme, como  si viera a través de mí. Me da la impresión de que hace tiempo mi abuela se fue. Tuve entonces que recurrir a  mi memoria y buscar a mi abuela, la de antes. Empecé a juntar recuerdos, revivir escenas, en fin, empecé a construir el rompecabezas de mi abuela en mi cabeza, recordé además que hace unos días tuve una charla con mi madre, sobre mi abuela y entonces a través de mis recuerdos y de las cosas que me contó mi madre llegué a la conclusión de que a veces, tenemos dos imágenes de las personas que queremos, la que necesitamos y la real. A la primera le colgamos muchas etiquetas, muchas virtudes y también algunos defectos que no necesariamente tiene la persona sino que nosotros necesitamos creer que tiene.  La otra imagen,  la real esa generalmente no nos gusta tanto, no tiene chiste, no tiene sabor y pocas veces acudimos a esta imagen porque pocas veces podemos ser objetivos con alguien a quien queremos. En nuestra cultura nos encanta ver lo que no es y magnificarlo, tanto lo bueno como lo malo.

Mi abuela me quería mucho, supongo que aún me quiere. Nunca me lo dijo, pero yo sabía que me quería mucho. No me abrazaba, ni yo a ella, sin embargo, me consentía mucho, sin palabras, sin apapachos, pero indudablemente me consentía.  Nuestra relación fue rara, no difícil ni mucho menos, pero fue muy diferente de la relación abuela-nieto que se conoce normalmente. Tal vez porque me parezco a ella, somos muy tercos y nos encanta tener la razón, o no sé, pero por alguna razón mi abuela no me criticaba, no me regañaba aunque lo mereciera, a veces como que le hacía al cuento que se enojaba conmigo, pero era fingido, no se podía enojar conmigo.

Hay quienes dicen que mi abuela era cariñosa, no sé, tal vez sí con los que lo dicen o tal vez eso querían creer, no lo sé. El caso es que ahora mi abuela no es la que yo recuerdo ni la que recuerdan otros, aunque antes tampoco lo era. Porque tuve dos abuelas, la sociable y cariñosa  y la otra, la que sin palabras me decía cuanto me quería, la que explotaba en un ataque de ira contra quien se pusiera en frente, la que discutía con mi abuelo a la menor oportunidad, la que mandaba, la que decía cómo se iban a hacer las cosas, la que nunca perdía, la que no se dejaba abrazar ni se dejaba chiquear, la defensora de los débiles y las causas justas, en pocas, la que era mi abuela y a ella es a la que extraño, a la de verdad, a la que está encerrada en ese cuerpo frágil y  arrugado, la que se esconde tras esa voz de súplica y que a veces ella misma recuerda quién era y entonces grita, pelea y quiere volver a mandar.

Opina, no te calles, bueno si quieres

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